Los secretos de un nevado
Vi entonces como Hermann Buhl luchaba
contra mi poder, contra mi altura y mis ganas de disminuirlo ante mi
majestuosidad. Era tan fácil para mi cansarlo que a los diez o veinte metros,
retrocedía unos cinco por el cansancio.
Llego la tarde y Buhl descansó cerca de la
punta de mis nevados. Andaba solo. Apenas y reconocía el paisaje que ningún
otro vería después de unos años. Entonces se percató que estaba solo. Solo como
la hierva que crece en las montañas. Buscó amigos. Encontró refugio en su
soledad.
A la mañana siguiente no llevó su mochila,
se sentía tan confiado por la droga que se introducía por la boca que decidió
dejarla e ir en busca de esa la punta de mis cabellos blancos. Lo logró. Y
cuando llego ahí, de lo más anestesiado por el frio que no sabía soportar. Se
dio cuenta que le faltaba mucho por bajar. Sintió que sus fuerzas lo
traicionaban, se sintió rendido ante mi altura.
Vio a lo lejos la base de sus amigos, de
los cobardes que me tuvieron miedo. Fue asi que decidio darse un último
esfuerzo. Él lo logró.
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