lunes, 10 de noviembre de 2014

Los secretos de un nevado

Vi entonces como Hermann Buhl luchaba contra mi poder, contra mi altura y mis ganas de disminuirlo ante mi majestuosidad. Era tan fácil para mi cansarlo que a los diez o veinte metros, retrocedía unos cinco por el cansancio.
Llego la tarde y Buhl descansó cerca de la punta de mis nevados. Andaba solo. Apenas y reconocía el paisaje que ningún otro vería después de unos años. Entonces se percató que estaba solo. Solo como la hierva que crece en las montañas. Buscó amigos. Encontró refugio en su soledad.
A la mañana siguiente no llevó su mochila, se sentía tan confiado por la droga que se introducía por la boca que decidió dejarla e ir en busca de esa la punta de mis cabellos blancos. Lo logró. Y cuando llego ahí, de lo más anestesiado por el frio que no sabía soportar. Se dio cuenta que le faltaba mucho por bajar. Sintió que sus fuerzas lo traicionaban, se sintió rendido ante mi altura.

Vio a lo lejos la base de sus amigos, de los cobardes que me tuvieron miedo. Fue asi que decidio darse un último esfuerzo. Él lo logró.       

No hay comentarios:

Publicar un comentario